Monaguillo
Las monjitas me propusieron ser monaguillo de la capilla
del Sagrado Corazón; yo tenía apenas diez
años, pero ya intuía que las oportunidades
no deben desaprovecharse.
Sabía también que el lugar que no ocupas vos
lo ocupa otro chico.
A mi me interesaba sobremanera participar, al menos con
un papel secundario, en esa función que el domingo
tendría público asegurado y que además
tenía miles de años en cartel.
A pesar de que no tenía ni la más remota idea
de cómo era el “guión” de la misa,
acepté.
Si…si… por supuesto que todos los domingos nos
peinaban como lambida de vaca y nos arriaban a la catedral,
pero uno con la sola ilusión de regalarle “flores
a la pubertad”.
Quiero destacar que yo me sentí muy reconocido y
muy orgulloso con el ofrecimiento; eso si, hubo “Amor”
de por medio y también otro paquete de “Rumba”,
de carne somos…hermanos.
Recuerdo que ese pequeño acicate fue un tiro limpio
en el centro del deseo (igual, no hacía falta).
Así fue como comencé a ganar experiencia a
costa del pobre cura. La misa conmigo al lado se transformaba
en un verdadero milagro. Hasta que aprendí. Y entonces
llegó el gran día.
Me tocaba la misa de la catedral. Se imaginan, en la misma
catedral de San Luis donde diez años antes había
sido bautizado, tenía que “leer ante público”
un fragmento bíblico. No se como lo hice, pero yo
me sentía como telonero de U2.
No digo que fuera Juan el Bautista ni que le llegara mil
millones de años luz debajo de las plantas de los
pies de Pablo, pero en definitiva, mi bautismo de fuego
como “locutor ante público” fue con un
texto sagrado.
Locutor del acto escolar
La directora, cruzó el patio hasta llegar al grupo;
obviamente nos callamos, en un ”nocturno” los
alumnos son un poquito más respetuosos; y más
con esa mina tan piola que hacia participar a todos los
quintos en la organización de los actos patrios.
Algunos cursos ponían un número artístico
y de otro quinto salía el locutor, quien debería
dar entrada a la bandera de ceremonias, luego invitaría
a cantar el himno, a su término presentaría
las “palabras alusivas” y por último
los números artísticos -entre ellos el coro
del colegio-.
Sin duda cumpliría una función importante,
podríamos definirlo como la “columna vertebral”
del encuentro o el ensamblador de climas.
Partiría con la solemnidad de nombrar la enseña
que Belgrano nos legó (al menos ponerla en palabras
ya que en el hombro se me hizo imposible en los cinco años);
pasando por la profesora de música que desde el piano
nos ofrecía una versión curricular del “hits”
de López y Planes, hasta tener el honor de presentar
a la máxima autoridad del establecimiento.
Esa misma señora que, ya casi dentro del grupo,
dijo: “del quinto de ustedes tiene que salir el locutor,
¿usted Caputo… puede?.
Ante lo que mi compañero respondió que el
25 de mayo tendría que faltar porque ya se había
comprometido con otro evento.
Caputo estaba agrandado, pero esto afortunadamente generaba
un espacio, un lugar que alguien debería ocupar.
Al estilo Riquelme, ví el hueco, y cuando la directora
se retirada, la intercepté y amablemente le dije,
señora:”Si Caputo no puede, quédese
tranquila que yo tengo mucha experiencia en esto”.
Al día siguiente sonó el teléfono de
mi casa y de quien era la voz, de la mismísima directora.
No cabía dentro de mí y durante tres días,
frente al espejo, estudie de memoria los textos que yo mismo
redacté que recordaban a aquellos jóvenes
insolentes del Cabildo Abierto.
El día del acto sentía tanta responsabilidad
que se me infló un pelota número cinco adentro
del pecho, y la directora debió aplicarme un empujón
con sus partes más redondas para que subiera al escenario.
El acto salio prolijo, sin baches y sin sobresaltos; no
era poca cosa para un primerizo, así que la directora
ni lerda ni perezosa me designó como locutor oficial
para el 9 de julio.
Si, sin duda fue algo bastante inconsciente pero yo me jugué
una carta ganadora…la necesidad; ya que, en medio
del incendio, nadie le pide currículum a un tipo
vestido de bombero.
Rafael Arrastia
rafael@locutoranimador.com.ar
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CONTINUARA...